Crónicas

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Lo que se siete estar en Teotihuacán.

Hace aproximadamente un año fui a Teotihuacán, salimos temprano, todavía con un poco de sueño, pero con esa emoción rara de cuando sabes que el día va a ser diferente. En el camino todo era plática, hablamos sobre la universidad, de lo que haríamos en el transcurso del día y de chistes que se nos ocurrían al instante, fueron muchas risas y música, hasta que de repente empezaron a aparecer los primeros letreros “Bienvenidos a Teotihuacán” y, sin darnos cuenta, ya estábamos ahí, fue una emoción increíble ya que llevaba tiempo queriendo ir, me sentía muy feliz.

Hasta ahorita sigo pensando que ha sido de los viajes que más me han impresionado. Recuerdo que desde que llegamos me quedé viendo todo como en shock, era tan bonito e increíble, ver la grandeza, sentirse como hormiga ante tanto, fue fenomenal. Había visto fotos mil veces, pero en persona es completamente distinto. Las pirámides son enormes, pero no solo eso, tienen como una presencia que no se puede explicar bien, como si el lugar guardara algo, se siente como si estuvieras mil años atrás, te transportaba al pasado.

Caminamos por la Calzada de los Muertos, que por cierto hacía un calor horrible, y desde ahí ya se veía la Pirámide del Sol, imponente, enorme. Me acuerdo perfecto de pensar: “¿De verdad voy a subir eso?”. Y sí, la subí, aunque no fue nada fácil, entre el calor y los escalones, terminé cansadísima, pero valió totalmente la pena, cada que subía iba escuchando al guía contar la historia detrás de esa enorme pirámide, fue construida hace casi dos mil años, en el corazón de Teotihuacán, por una civilización que aún hoy guarda muchos secretos. Mientras caminaba hacia ella, no podía evitar imaginar a las personas que la levantaron piedra por piedra. Me preguntaba cómo lograron crear algo tan enorme sin la tecnología que tenemos ahora. Dicen que esta pirámide está alineada con fenómenos astronómicos, como si quienes la construyeron entendieran el universo de una forma que todavía tratamos de descifrar. La Pirámide del Sol no solo es una construcción; es un misterio vivo. Algunos dicen que debajo de ella hay túneles y cámaras ocultas, como si guardara secretos que aún no estamos listos para descubrir. Y mientras seguía subiendo, sentía que no solo estaba recorriendo un lugar, sino conectando con una historia que sigue latiendo. Arriba la vista es increíble, puedes ver toda la ciudad y te das cuenta de lo grande e importante que fue, aún recuerdo estar arriba y sentir el aire fresco que secaba mi frente y sentía cómo mi cuerpo se llenaba de energía.

Algo que también me dejó pensando fue la historia. Civilización de Teotihuacán fue una de las ciudades más importantes de Mesoamérica, y llegó a tener miles de habitantes mucho antes de la llegada de los españoles. Lo más impresionante es que ni siquiera se sabe con certeza quién la fundó, pero aun así lograron construir todo eso con una precisión increíble. La Pirámide del Sol y la Pirámide de la Luna no eran solo construcciones bonitas, tenían un significado religioso muy fuerte.

Después fuimos a la Pirámide de la Luna, y no sé por qué, pero ese lugar se sintió diferente, más tranquilo, más en calma. Me gustó mucho quedarme ahí sentada un rato, viendo todo y pensando en cómo era la vida ahí hace tantos años. Recordé que se realizaban rituales importantes, incluso ofrendas y sacrificios, lo que me hizo imaginar la intensidad de lo que alguna vez ocurrió en ese mismo lugar.

Dicen que la Pirámide de la Luna está relacionada con la diosa del agua y la fertilidad, y que su ubicación no es casual: está alineada con el Cerro Gordo, como si formaran parte de un mismo paisaje sagrado. En ese instante, levanté la mirada hacia el horizonte y entendí que no era solo una pirámide… era un punto de conexión entre la tierra, los dioses y quienes la construyeron.

Al llegar arriba, no sentí euforia, sino algo más tranquilo, casi solemne. Me quedé en silencio, observando, tratando de imaginar los ecos del pasado. Y por un momento, fue como si el tiempo se detuviera… como si ese lugar aún siguiera esperando a ser comprendido.

También me acuerdo de los vendedores, los sonidos de los silbatos como de jaguar que me asustaban a cada rato y el calor que no perdonaba, pero todo eso forma parte de la experiencia, me encantaban cada uno de los recuerdos que había, lo único que me compré fueron unos jaguares y unos cuarzos. Al final estaba cansadísima, pero feliz, al salir me compré un elote hervido y qué rico estaba, no sé si era que de verdad estaba muy rico o era por el hambre que ya traía, finalmente fuimos a comer a un restaurante, me encantó porque estaba decorado con la temática de las pirámides de Teotihuacán, todo muy temático. Todo estaba delicioso, lo que ordené fue un menú del día que incluía una sopa azteca, unas enchiladas gratinadas, agua de maracuyá y un delicioso helado de chocolate que sabía cómo a cacao, me encantó, disfruté mucho al comérmelo, me la pasé muy bien.

Siento que ese viaje no fue solo ir a ver unas pirámides, fue como conectar un poco con la historia y darte cuenta de lo increíble que es todo lo que existía mucho antes de nosotros, aparte amo todo lo que tenga que ver con historia. Me dejó impresionada, pienso que son de esos días que se disfrutan mucho y quedan marcados para siempre.

 

La vida cabe en una maleta 

Muchas veces nos perdemos en la búsqueda de nuestro propio camino. Nos preguntamos a dónde ir, si la decisión que estamos por tomar será la correcta, mientras el miedo a equivocarnos respira en la nuca. Pensamos en lo que esperan los demás de nosotros, en si estamos cumpliendo o fallando. Y en ese ruido constante, buscamos atajos: caminos rápidos hacia esa idea difusa que llamamos “éxito”. Pero los atajos, casi siempre, son espejismos. Prometen mucho, enseñan poco… y nos hacen perder lo más valioso: el proceso.

Esta es apenas una puerta entreabierta a mi historia. La de un joven con hambre de mundo, obsesionado con alcanzar algo que ni siquiera tenía del todo claro, pero convencido de que debía encontrarlo. No hubo suerte idealizada, no hubo caminos fáciles. Hubo golpes —de los reales y de los otros—, hubo dudas, hubo caídas. Pero también hubo aprendizaje: paciencia, resiliencia y esa verdad incómoda de que las cosas casi nunca salen como las imaginas.

Porque uno no lo dimensiona hasta que lo vive: tu vida cabe en una maleta. La mía llevaba unas cuantas playeras, tres pantalones, dos pares de tenis, mis guantes de boxeo… y una ilusión que pesaba más que todo lo demás. Todo comenzó con una llamada. Un tío que, siete años después de haberme visto entrenar, decidió apostar por ese recuerdo. Le habló a mi padre, le habló —sin saberlo— a mi destino.

Suena fácil contarlo ahora, como si en ese momento hubiera saltado de emoción, comprado un boleto y salido corriendo detrás de mi sueño. Pero no fue así. Dudé. Mucho. Meses enteros dándole vueltas a la misma pregunta: ¿irme o quedarme? Irme significaba soltarlo todo: familia, comodidad, lo conocido. Quedarme era seguir en la misma rutina, con la tranquilidad de siempre… pero también con la espina eterna de no haberlo intentado. Y hay preguntas que pesan más que el miedo. Esa, para mí, fue una de ellas.

El 8 de noviembre de 2022 emprendí un viaje de mil kilómetros de distancia hacia la frontera de México con el paso a Texas, la mítica ciudad famosa por ser una de las fronteras más duras y peligrosas del país, con un alto índice de violencia, ciudad de narcos y donde algún día el famoso narcotraficante Amado Carrillo Fuentes, mejor conocido como el Señor de los Cielos, habitó sus calles: Ciudad Juárez. Las historias construyen una imagen antes de pisar el suelo. Pero la realidad, como muchas veces, fue otra. Encontré una ciudad viva, cálida en su gente, contrastante en sus espacios. Colonias humildes y zonas elegantes coexistiendo sin pedir permiso. “Misiones”, la plaza más distinguida, como punto de encuentro; la gran X roja levantándose como símbolo de identidad. No era el lugar que imaginé… era más humano.

Llegué un martes. Mi tío me recibió en el aeropuerto y, aunque no habíamos tenido una convivencia tan cercana previamente, en cuanto me acerqué a él nos fundimos en un abrazo. —“Tocayo”— dijo, con esa familiaridad que no se finge.

En seguida subió mi maleta a su camioneta y tomamos camino a lo que sería, a partir de ese día, mi nueva casa, mi nuevo hogar y conocer lo que sería mi nueva familia.

Mi tía Ceci estaba en su tradicional reunión de martes: rosario, café, postre, risas. Llegué como un extraño… y en cuestión de horas ya era parte del cuadro. A veces, la vida no te da tiempo de adaptarte; simplemente te integra.

Pero yo no había ido hasta allá por comodidad. Mi verdadero primer contacto con ese nuevo capítulo llegó al día siguiente.

Miércoles 9 de noviembre.

Del bullicio de la avenida Ejército Nacional al polvo de la colonia Anapra. Ahí estaba: Union Gym. Sin adornos, sin promesas falsas. Solo trabajo.

Y al centro de todo, él.

“El Negro”.

Un entrenador de voz grave, mirada firme y presencia que imponía sin necesidad de levantar la mano. No pedía esfuerzo… lo exigía. No explicaba demasiado… te hacía entender a base de repetición, cansancio y disciplina. Cada indicación suya caía como un golpe seco: directo, preciso, imposible de ignorar.

Ahí empezó lo real.

Ahí entendí que el boxeo no es solo tirar golpes… es resistirlos, es callar la mente cuando el cuerpo quiere rendirse, es construirte a ti mismo desde el cansancio. Y que el “éxito”, ese que tanto había perseguido, no estaba en llegar rápido… sino en aguantar lo suficiente.

Porque al final, no vine a encontrar atajos.

Vine a aprender a pelear el camino completo.

 

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